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Alesia

Rafael Salinas Tello
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca opinar Permalink MapaPetersburgo, Federación Rusa

Trabajaba por las tardes, en días alternos, sin vacaciones ni descanso. Alesia. El nombre es ucraniano pero ella había nacido en Petersburgo. Así pagaba sus estudios de medicina en la universidad y al mismo tiempo se relacionaba con gente, sobre todo extranjeros. Sus ojos verdes, redondos, su cabello rubio opaco deslizándose lacio hasta la nuca, su cuerpo fino y en apariencia débil, su sonrisa estirada formando un horizonte infinito, sus pómulos ligeramente pronunciados, movíanse cubiertos con holgura por el uniforme negro y blanco, inundando la estancia de gracia y soltura, brisa vespertina y leve, inesperada. Aparentaba triste, como una niña recién abandonada, pero era imposible no sujetar sus movimientos con la mirada, adherirse a ellos y volar con su silueta por entre las mesas del café. Yo me refugiaba a menudo en la esquina, al fondo del todo, a la izquierda. Leía a Doblátov inventando la mitad del texto, pues mi ruso nunca dio para mucho, la verdad. La mortecina luz que daba aliento a la habitación, se derramaba por las amplias ventanas ajena a su competencia eléctrica, y me mostraba a Alesia a contraluz, envuelta en un aro luminoso, siquiera un instante. Yo me sentaba en ese extremo, porque sabía que a ella le correspondía atender aquella zona. «Café del tiempo» y cincuenta gramos de Johnnie Walker, me llegaban inocentes suspendidos en sus delicadas manos, cubiertos por su dulce mirada.

A veces, a eso de las cuatro, cuando casi no había clientes, se sentaba unos instantes a mi lado. Me explicaba el argot en que Doblátov describía su patético existir, su cruel milicia, sus miserias y hasta sin saberlo, su prematura muerte. Apretaba las cejas, del color de su pelo, se mordía el labio inferior y susurraba como para sí un pertinente «¿Sabes...?» que daba paso a un mundo fantástico que me mostraba entre rendijas la inmensidad de su alma. Yo la amaba y ella, frágil y cercana, se dejaba amar.

Durante unos dos meses se envolvieron nuestros gestos, nuestras miradas, nuestros idiomas... Una vez, casi sin pensarlo, las yemas de mis dedos alcanzaron a rozar su mejilla, y fue como acariciar el pétalo de una amapola, una amapola pálida que tembló como un campo de trigo bajo el viento. Luego falté; tres o cuatro semanas viajé por el país conociendo parajes, anotándolos generosamente, degustando la posibilidad de traducirlos, de mostrárselos bajo la caprichosa humedad de mis trazos. En cualquier lugar la buscaba, en los cafés oscuros y perdidos, entre la gente perdida y oscura, en los bosques que besaban los lagos y se perdían oscuros en cada amanecer que, sin ella, oscuro se perdía.

Regresé hace seis días. Sin deshacer las maletas cogí mi bloc de notas y triunfal y decidido abrí la puerta del café. Alesia no estaba. Una oquedad sorda taponaba el local, decorado con muebles antiguos y libros en inglés. Bebí el café y salí a la calle sin preguntar nada. Volví al día siguiente, pero tampoco estaba. Y al otro día volví, y un día más tarde. Hoy vencí mi angustia y pregunté al camarero, Dima, gordo y pesado tras la barra. «¿Alesia? Hace una semana que ya no trabaja aquí. Dicen que se casó con un inglés y se ha ido a vivir a Londres.»

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«No entiendo por qué hasta mi ventana llega el sol. Por qué el viento es suave y los árboles mecen sus ramas satisfechos. Por qué es apacible y agradable la existencia. Alesia no está, ¿por qué la vida sigue?

Seguramente porque allá a lo lejos, puede que en Londres, un hilo endeble anuda su sonrisa con la tibia punta de mis dedos, que avariciosos serpentean en este mar de letras para escribir, sin consuelo ni esperanza, el delicado nombre de Alesia.»

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Copyright ©Rafael Salinas Tello, 1998
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Fecha de publicaciónNoviembre 1998
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